sábado, enero 12, 2008

SOBRE LOS COMITES DE EMPRESA Y LAS SECCIONES SINDICALES

EL PROTAGONISTA PRINCIPAL EN LAS RELACIONES LABORALES[1]जे

José Luis López Bulla

En este "papel de trabajo" abordaré cuestiones tan significativamente polémicas como 1) los límites del actual modelo sindical, 2) sujetos autárquicos y sujetos interdependientes, 3) la nueva legitimidad sindical en el centro de trabajo, 4) la delegación y la participación real, 5) el valor de la afiliación estable, y 6) el compromiso sindical unitario que se necesita al respecto. A continuación, se reitera una propuesta, abordada en momentos importantes de nuestra vida sindical, acerca de la nueva personalidad del sindicalismo en el centro de trabajo.

PRIMERO

Como es bien sabido, en España la representación de intereses en el centro de trabajo queda concretada en las atribuciones que tiene el comité de empresa (en adelante, y para abreviar el comité) de negociar lo que, genéricamente, podríamos definir como condición asalariada; el comité es el organismo que, principalmente, ejerce el poder contractual. Las argumentaciones que avalaron, en los primeros años de la transición española, la bondad de dicho instrumento venían razonadas por, al menos, dos importantes pistas: a) el carácter fuertemente movimientista de CC.OO., la organización más empeñada en el instrumento de los comités; b) y el imaginario en el que nos situábamos nosotros, esto es, la unidad sindical orgánica. Así pues, una y otra pista fueron los elementos razonadores más decisivos para que CC.OO. se hiciera fuerte en su originaria propuesta de los comités, frente a otras organizaciones que apostaron en su día porque la preeminencia de la representación de intereses en el centro de trabajo fuera el sindicato en tanto que tal; se entiende que, cuando se habla de sindicato en tanto que tal, nos estamos refiriendo a la sección sindical de empresa.

conclusión --como se ha dicho en anteriores ocasiones[2]-- es que el comité lo es prácticamente todo en el centro de trabajo, mientras que el sindicato, en la práctica mayoría de los casos, es un ente sin apenas funciones y controles. Así las cosas, en más de una ocasión se ha intentado abordar el problema; de todas formas nunca se ha pasado del planteamiento retórico de la llamada relación entre el comité y la sección sindical, tema tan recurrente como irresuelto en toda la literatura congresual.

Son ya muchos los sindicalistas que intentan poner al desnudo los límites y carencias que tiene el actual modelo. Algunos han dado una respuesta contundente y sin contemplaciones. El Secretario general de la CONC lo dejó meridianamente claro cuando afirmó, textualmente:

""Esto me lleva a otra consideración que tiene mucho que ver con el tema de si --para esta fase de innovación tecnológica, para esta fase de organización de la empresa, para esta fase de organización del trabajo y para esta realidad del conflicto social-- nos sirve el actual modelo de sindicato que tenemos. O dicho de otra manera si, tal como están las cosas, nos sirve, repito, el actual modelo organizativo de sindicato? Yo me atrevo a decir que no!""[3]

Para mayor abundamiento, el mismo dirigente sindical refuerza su anterior exposición con otro texto no menos contundente:

""Yo creo que no nos damos cuenta, pero estamos asumiendo en la práctica un cierto modelo organizativo --que no me atrevería a llamarlo delegativo, porque no es esa la cuestión-- sino de reparto de funciones. Sí, eso es, de reparto de funciones entre los trabajadores y nosotros, el sindicato. Y ello tiene mucho que ver con el actual modelo de relaciones laborales, basado fundamentalmente en un sujeto tan asindical y tan atemporal, para la realidad hegemónica que hoy tenemos, como es el comité de empresa.""[4]

No nos importa recordar los trazos gordos del tan repetido actual modelo. 1) el comité es quien negocia principalmente en el centro de trabajo; ello se traduce en que el comité es, realmente, el sujeto principal en el centro de trabajo, mientras que el sindicato es el sujeto secundario en el mismo centro de trabajo. 2) fuera de dichos escenarios es el sindicato quien negocia. 3) la representación institucional del sindicalismo confederal viene expresada por el resultado de las elecciones a delegados de personal y a los comités de empresa; en otras palabras, la medición electoral de los sindicatos españoles se corresponde con unos actos --las votaciones en los centros de trabajo-- que no son estrictamente sindicales. No hace falta decir que es un modelo lleno de equivocidades y que, en ellas, han navegado los buques, especialmente, de Comisiones Obreras; un modelo que ha definido --no nos olvidamos de ello-- las grandezas y los contornos de la acción sindical española.

SEGUNDO

En repetidas ocasiones hemos insistido (y nunca lo haremos lo suficiente) en que este modelo actual tiene una poderosa limitación. A saber, la economía y, por supuesto, el centro de trabajo son interdependientes; sin embargo, el sujeto principal en el centro de trabajo (esto es, el comité) no es interdependiente por su naturaleza, su definición jurídica y sus comportamientos tradicionales. Digámoslo con claridad y por lo derecho: mientras la empresa y su dirección están situados en el paradigma del mundo contemporáneo (esto es, la interdependencia), el comité (la representación de intereses que negocia erga omnes en el centro de trabajo) se encuentra instalado en la autarquía; es una desubicación que se traduce en prácticas contractuales que van perdiendo representatividad[5]. El problema está en que, mientras se siga manteniendo el actual modelo de representación de intereses, primero, el conjunto asalariado se irá estancando en una serie de reivindicaciones cada vez más asimétricas en relación con los cambios que se están operando, segundo, el sujeto contractual (el comité) se irá desubicando a marchas forzadas, y, tercero, el sindicalismo confederal no avanzará como se precisa, justamente, en estos momentos cruciales.

Por otra parte, como hemos dicho en otro estudio[6], no estamos ya ante un sistema de empresa tradicional, pues, de un lado, ""se ha pasado de un modelo unidimensional a otro polimórfico: ni todos los servicios que se prestan en la empresa los realiza la misma o sus trabajadores, ni todos los que se realizan por éstos se efectúan en el centro de trabajo"". Y, de otro lado, ""cada vez más el concepto empresa --en el sentido de lugar donde se produce el encuentro entre capital, trabajo y tecnología-- tiene ese carácter difuso, entrelazado; con formas de organización y de control del mercado cada vez más complejas, a partir de procesos de externalización, descentralización productiva o deslocalización""[7].

Parece claro que nos interroguemos si a tales situaciones, que se van consolidando (y extendiendo) día a día, corresponde la utilidad y eficacia del comité; la respuesta no nos dejar lugar a duda alguna: de ninguna de las maneras!

El asunto, por otra parte, se nos complica cuando caemos en la cuenta de que, además de las anteriores disfuncionalidades, existe otra de no menor relevancia: el comité es un organismo que se corresponde sólo y exclusivamente a nuestro Estado-nación; no tiene, pues, vínculo alguno ni proyección transnacional con el conjunto de sujetos sindicales europeos. De manera que, así las cosas, el comité es un sujeto doblemente autárquico. Quizás las características del comité sean un impedimento añadido que impide la extensión de los comités europeos, éstos sí, sujetos transnacionales. Más todavía, la acción sindical española no será expresión de las reivindicaciones europeas mientras el comité hegemonice el poder negocial en el centro de trabajo.

Una de las interrogantes más necesitadas de respuesta es por qué se empeña el sindicalismo confederal español en mantener tan curioso sistema de representación de intereses; y qué es, exactamente, lo que impide que se proceda a una metamorfosis ordenada y gestionada unitariamente por las confederaciones. Hasta ahora nadie ha dado explicación alguna. Un silencio extraño, pues nadie ha rebatido una afirmación abrupta que algunos hemos hecho también de manera reiterada, a saber: el comité es --además de lo dicho anteriormente-- un mecanismo de freno de la afiliación sindical[8].

El siguiente Cuadro nos brinda la oportunidad de tener una aproximación a la afiliación sindical española. Lo hacemos como acicate --y sin ocultar nuestra fuerte intencionalidad-- de nuestro anterior argumento: el comité es un mecanismo que frena la afiliación.

Año Afiliados, miles Tasa bruta[9] tasa neta

1977 1.622,9 18,46 18,27

1978 2.457,l 28,45 28,16

1979 2.088,2 24,72 24,47

1980 1.180,8 13,76 12,74

1981 1.085,5 13,08 12,11

1982 1.087,1 13,18 12,20

1983 1.128,3 13,86 12,83

1984 1.078,1 13,85 12,82

1985 1.103,2 14,19 13,13

1986 1.110,5 13,64 12,62

1987 1.244,9 14,68 13,58

1988 1.373,3 15,13 13,81

1989 1.515,7 15,70 14,34

1990 1.697,0 16,84 15,37

1991 1.962,3 19,26 17,59

1992 2.127,7 21,54 19,66

1993 2.166,1 22,94 20,95

1994 2.126,8 22,68 20,71

(Fuente: Jacint Jordana: Trade Union membership in Spain 1977-1994. Labour studies working papers. number 2. August 1995)

No nos resistimos a utilizar un argumento que, fruto del senso comune --Gramsci dixit-- está muy extendido por todas las latitudes sindicales: realmente qué interés puede haber en afiliarse al sindicato (el que sea) si el comité tiene la obligación moral y jurídica de tutelar a la persona en el centro de trabajo? Ni que decir tiene que nosotros hemos recogido (y, desde luego, difundido) tan importante interrogación. De manera que, en pocas palabras, el sindicalismo confederal español no adquirirá una fuerza afiliativa considerable mientras los comités sigan disponiendo de sus actuales poderes contractuales en la representación de intereses que ostentan.

TERCERO

No podemos, por menos, que volver a la carga: es urgente que el sindicalismo confederal empiece a darle vueltas a la cabeza proponiendo la plena legitimidad del sindicalismo en el centro de trabajo, esto es, que se proceda al traslado de su condición de sujeto secundario a sujeto principal; será, lógicamente, un tránsito nada fácil, pero imprescindible, y como se ha dicho anteriormente debe ser co-protagonizado, de manera unitaria, por el sindicalismo confederal, al menos por el más representativo.

No quiero ir con paños calientes; aquí se trata de que la sección sindical de empresa (a partir de ahora, la sección) asuma los poderes contractuales que en la actualidad tiene el comité. Debe quedar claro, sin embargo, que si bien es una certeza que el comité no es un sujeto interdependiente, la sección no está cantado que, de antemano y por definición, lo sea; pero algo y no poco se habrá ganado: pasamos de la certeza --el comité es autárquico por naturaleza-- a la posibilidad de que la sección sea sujeto interdependiente; una posibilidad que, en todo caso, parece estar en mejores condiciones dada la vinculación de la sección al sindicato confederal del que depende.

Ni que decir tiene que lo que se propone significa --conceptual y organizativamente-- poner la casa patas arriba. Ahora bien, el diseño de la nueva arquitectura requiere aclarar muchas cosas entre nosotros y con nuestros vecinos de otras organizaciones sindicales: no se cambia de casa así como así. Más todavía, la nueva (y plena) legitimidad sindical en el centro de trabajo no puede significar menoscabo alguno de las relaciones que los trabajadores han tenido con el comité. Entiéndase bien, no me refiero a las relaciones del comité con los trabajadores; estoy hablando de las relaciones y vínculos de los trabajadores con el comité. Lo dicho: hay que hablar largo y tendido de estos asuntos.

Algunas cuestiones (seguramente no todas) que deberían despejarse serían las siguientes:

1) mantenimiento de la unidad contractual en el centro de trabajo, empresa o grupo de empresas, tanto de afectados (erga omnes) como de sujeto negocial.

2) reglas obligatorias y obligantes relacionadas con: a) la elaboración de las materias negociales, esto es, la plataforma reivindicativa; b) decisión ante la resultante de la negociación con la contraparte, ya sea de rechazo o de acuerdo; c) postura ante la convocatoria y desconvocatoria de conflicto social, entendido éste en su sentido ancho. Se está hablando, pues, de normas, estableciendo sus respectivos quorums para unas y otras decisiones, y no de una particular deontología genérica.

Unos y otros asuntos --la unidad contractual y las reglas obligatorios y obligantes-- se refieren, lógicamente, al sujeto negociador unitario, que no debe confundirse con las secciones sindicales de una u otra confederación. Qué entendemos por sujeto negociador unitario? Es, simplemente, el grupo sindical que negocia con la contraparte; como es lógico, en este material de trabajo no se trata de definir, por conocido, qué se entiende por sección sindical (o secciones sindicales) de empresa.

Antes hemos afirmado que la resultante de todo ello (es decir el traslado de los poderes a la sección sindical) no debe significar merma alguna de la relación y vínculo del conjunto asalariado con los actuales comités de empresa. Esta es la pared maestra de todo nuestro razonamiento y de todas y cada una de las partes de nuestra propuesta. De ahí que --frente a la actual unidad contractual-- no se corresponda, en nuestra lógica, con que cada sección negocie por su lado (al fin y al cabo no vamos a salir de la casa de Anás para meternos en la de Caifás) siendo por ello que dibujamos la figura del sujeto negociador unitario.

Este sujeto unitario es el ente que negocia en el centro de trabajo con la contraparte. Es por, así decirlo, una comisión que representa directamente a las organizaciones sindicales (es decir, las secciones existentes en tal centro de trabajo) y al conjunto de personas del mismo. Pero, así como el comité es, ahora, un organismo independiente de la sección, el sujeto negociador unitario es la representación unitaria de las secciones ante la contraparte.

Ahora bien, conviene no olvidar una cuestión de no menor importancia, a saber, qué sucede en aquellas ocasiones (la mayoría) donde el número de personas no afiliadas es superior al de las inscritas a uno y otro sindicato? Este no es un problema, sino el problema. Comoquiera que partimos de una propuesta mayor --que el tránsito no signifique pérdida alguna de los actuales vínculos y relaciones de la gente con el comité-- debemos ser consecuentes: el sujeto negociador unitario debe tener en su seno una representación de aquellas personas que no están afiliadas a ninguna organización sindical; en todo caso, son necesarias normas, obligatorias y obligantes pactadas entre las secciones sindicales y el conjunto asalariado que no está inscrito en ninguna de ellas. Se está hablando, pues, de un pacto entre las secciones sindicales y la gente no afiliada, ya que aquéllas no pueden abrogarse la representación de éstas; se propone, consecuentemente, un pacto porque las secciones sindicales no puede auto-legitimarse de ninguna de las maneras en relación a quienes no les confieren un mandato expreso y finalista.

CUARTO

En incontables ocasiones hemos hablado de participación activa e inteligente en los centros de trabajo. Cada vez que nos hemos referido a ello, lo hemos hecho en clave de necesidades y de juego de nobles intereses. Que la gente participe significa la afloración de saberes y conocimientos, latentes o visibles, de las personas que están en los centros de trabajo; que la gente intervenga hace visible una manifiesta relación de poderes ante las contrapartes; que la gente participe redunda en una democracia próxima que, cotidianamente, aparece como de gran utilidad para las personas que están agrupadas entre-sí; que la gente intervenga es, también, la expresión de los necesarios controles que todo sujeto organizado necesita, especialmente para su propia fortaleza.

La participación no es, por tanto, un ejercicio gimnásticamente movimientista. Y, precisamente por ello, se habla de normas obligatorias y obligantes entre el sujeto negociador unitario y el conjunto asalariado del centro de trabajo. Es, a nuestro entender, lo que se correspondería con un modelo sindical --mejor dicho, con unas prácticas sindicales-- que se afanan por adquirir una personalidad plenamente contractualista que no está pendiente, en exclusiva, de la hipotética tutela del legislador. Así las cosas, la participación es la antítesis de la cultura delegativa, fuertemente instalada en España y en la relación de los movimientos sindicales europeos con el conjunto de trabajadores y trabajadoras.

Ahora bien, los hechos participativos no pueden hacer abstracción de los cambios que se están operando en los centros de trabajo; antes al contrario, deben estar en sintonía con tales gigantes y sofisticadas mutaciones. Lo cierto es, sin embargo, que --en la mayoría de los casos-- los hechos participativos reales tienen más que ver con el tradicional modelo taylo-fordista que con la situación cotidianamente cambiante en la que nos encontramos[10]. Esta asimetría entre prácticas participativas reales y cambios en los centros de trabajo acaba traduciéndose en abstencionismo generalizado e incremento del poder unidireccional de quien habla en nombre de la gente. Al final, todo ello conduce a una estúpida logomaquia: "Hacéis lo que os da la gana", dicen unos; "no acudís a la convocatoria de asamblea", clama quien tiene los poderes negociales. Así pues, todo indica que a menor densidad participativa corresponde mayor decisionismo unilateral del sujeto que negocia, ya sea éste comité o sindicato. En la fase actual, las cosas se nos complican un tanto ya que, por un lado, se sigue insistiendo en los deseos de participación de la gente igual que si estuviéramos en la empresa ford-taylorista y, de otro lado, no se aprovechan las innovaciones tecnológicas para re-crear nuevos hechos participativos. Parece lógico que se dé un toque de atención en ese orden de cosas en la vía de salir de esta terra nullius[11].

En todo caso, el fomento de los hechos participativos no es un problema técnico; o, si se prefiere, no es esencialmente una cuestión organizativa. Es, en primerísimo lugar, la consecuencia de una decisión que establece un complejo itinerario: cómo se elaboran las plataformas reivindicativas y en base a qué; de qué manera se trazan los hilos conductores que recorren las reales diversidades de situaciones personales y colectivas en los centros de trabajo para llegar a una síntesis unificante; de qué modo se plantea (y realiza) el vínculo entre plataforma y formas de presión; qué participación tiene la gente a la hora de las decisiones de firma o no firma de un hipotético acuerdo entre las partes; corresponsabilidad general o decisionismo vertical en el momento de la posibilidad de convocatoria de huelga o no... Que todo ello tiene sus aspectos técnicos --cuándo se convoca tal asamblea, en qué momento y otros asuntos, ciertamente relevantes-- no lo ponemos en duda; antes al contrario, siempre se recomendará que se sea más meticuloso en estos asuntos. Pero, insistimos hasta la saciedad, la madre del cordero está en cómo se establece el petitorio de reivindicaciones, qué naturaleza tienen estas demandas y qué relación tienen, una y otra, con los deseos diversos de las gentes, con los sistemas de organización del trabajo y la innovación tecnológica.

De ahí que necesitemos una serie de pistas que nos hagan ver qué relación existe entre cultura delegativa y hechos participativos, de un lado, y el vínculo entre cultura delegativa y decisionismo vertical del sujeto comité o sindicato, de otro lado. Parece claro que una de las maneras más convenientes sería el estudio de situaciones diversas en unos centros de trabajo bien concretos; de esta manera se irían verificando o invalidando las intuiciones y sospechas que se puedan tener al respecto.

En los últimos tiempos, algunas estructuras de la CONC han ensayado un experimento que ha demostrado la eficacia de ciertos hechos participativos. Es verdad que su extensión ha sido muy limitada, pues tan sólo se ha referido a tres centros de trabajo (Solvay, Deustch Bank y una sección del Ayuntamiento de Barcelona) y grupos de personas no muy amplias. Es la experiencia de los Círculos de Estudio que, al calor del proyecto europeo Sunreg, ha implicado a las secciones sindicales de dichos centros de trabajo durante casi un año y medio[12]. Sin lugar a dudas, se trata de nuevas formas de intervención de la gente que, situándose con un enfoque fundamentalmente inductivo, les acerca a un conocimiento mucho más exacto de la realidad que les envuelve.

QUINTO

Se pueden decir cosas nuevas en relación a la necesidad de ampliar, muchísimo más todavía, las insuficientes bases afiliativas del sindicalismo confederal español? En todo caso, quizá las preguntas más necesitadas de respuesta podrían ser las siguientes: por qué el sindicalismo confederal español sigue siendo contando con tan limitada representación? acaso las personas inscritas, empezando por los grupos dirigentes, no están dando lo suficientemente bien en la tecla afiliativa? es que existe un desinterés por la gente en relación al hecho afiliativo?

Ya hemos hablado anteriormente de la existencia de un mecanismo de freno (esto es, el comité de empresa) que en sí mismo representa una poderosa interferencia para que la gente se afilie de una manera masiva. Esta situación comporta, por así decirlo, una curiosa paradoja: así las cosas --es decir, existiendo el comité-- hay numerosas personas que deciden afiliarse, con toda seguridad porque ven en el sujeto sindical (o sea, el sindicalismo confederal) una determinada garantía tutelar, máxime cuando ya no se puede hablar de relación ideológica entre la persona que se afilia y la organización sindical; ello no impide, claro está, que unas determinadas personas establezcan su vínculo afiliativo con tal sindicato en función de unas preferencias culturales (de ideas, proyectos y prácticas) que lo distinguen, a juicio de cada cual, del resto de las organizaciones.

A nuestro entender existe otra hipótesis (lo que equivale a decir que no tenemos la certeza) que podría conducirnos a la explicación de las insuficientes bases afiliativas españolas. El sindicalismo confederal español, por el hecho de haberse sustentando esencialmente en las prácticas de los comités, no ha influido apenas en el valor de la afiliación estable, incluso en relación a determinadas élites trabajadoras; es sabido, por ejemplo, que existe un elevado porcentaje de delegados de comités de empresa que siguen sin afiliarse y, sin embargo, representan a las confederaciones en tales organismos unitarios. Así pues, el valor de la afiliación estable ha contado mucho menos que lo esporádico. Se diría más todavía, las organizaciones sindicales españolas han sido más maestras en organizar lo esporádico que lo estable; horas de preparación para organizar una huelga, un piquete, una manifestación, candidaturas para las llamadas elecciones sindicales, etc., que, sumados, son tiempos amplios de tejer relaciones personales, pero que, finalmente, no consolidan organización propiamente dicha sino la cultura de lo fugaz. De esta manera se ha establecido una relación de fuerzas basada en lo fugaz, pensada --por así decirlo-- para la organización fugaz del conflicto. De modo que no se ha entendido que lo fundamental era la organización de la relación de fuerzas permanente, entendiendo la afiliación estable como una expresión de la alteridad (de la personalidad conflictual, digámoslo claramente) del sindicalismo español. En resumidas cuentas, no hemos ahondado en que toda afiliación es ya en sí misma una parte del conflicto social. Y por qué no? a más afiliación estable se corresponde con menos conflictos fugaces; también podríamos recordar lo dicho en numerosas ocasiones: a más fuerza estable se corresponde menos sobresaltos organizativos. Pero lo cierto es que, además, hemos convertido nuestro vicio en una poderosa virtud. Hemos hecho, por ejemplo, del piquete informativo (máxima expresión de lo fugaz) un elemento mitómano en nuestras prácticas conflictuales.

En esas condiciones, todas las "campañas afiliativas" han tenido resultados bien modestos, como no podía ser menos. Con buena lógica se llegó al convencimiento de que lo fundamental era tener una preocupación permanente (digamos una "campaña permanente") por los temas afiliativos. Sin embargo, esta actividad más constante choca con la interferencias que se desprenden de la existencia del comité de empresa, ya mencionadas con anterioridad.

SEXTO

Por consiguiente, no vemos otro camino que organizar unitaria y mesuradamente el tránsito del actual modelo de representación de intereses, basado en el comité, hacia la actividad total del sindicato en la empresa. Las razones, por orden de importancia, son las siguientes: 1) que la acción reivinticativa sea expresión de la interdependencia; 2) que el sujeto negocial y de conflicto sea, de igual manera, expresión de la interdependencia; 3) que sólo en ese estadio de la interdependencia, y en esas condiciones, se puede conseguir más fortaleza afiliativa con carácter estable.

Organizar el tránsito unitaria y mesuradamente. Es de cajón que ningún sindicato, por su lado, puede poner en marcha un cambio de metabolismo de esta envergadura, y parece lógico que no se puede hacer a tontas y a locas. De manera que el gran giro hay que darlo con el mayor número posible de organizaciones confederales y sectoriales; cuestión distinta es que sobre el sindicalismo más representativo recae una superior responsabilidad en estos asuntos. Y no nos parece maleducado no dar razones del por qué no se puede hacer de sopetón

1] Tercera ponencia para el Seminario itinerante: El sindicalismo en el centro de trabajo flexible. Noviembre de 1998

[2] LOPEZ BULLA, José Luis: "Informe al Sexto Congreso de la CONC". Barcelona, diciembre de 1995 (Editado en un número especial de Lluita Obrera)

[3] Joan COSCUBIELA: Clausura de las Jornadas El conflicto social en el hecho tecnológico. Quaderns de Debat sindical, número 12. CERES. Barcelona, 1998.

[4] Ibidem.

[5] Siempre (y también en esta ocasión) he llamado representatividad a la asunción de los intereses de los trabajadores, es decir, al vínculo que se establece con las reivindicaciones del conjunto asalariado; por representación se entiende la cantidad de personas que, de manera estable, apoyan al sujeto que las representa.

[6] Miguel FALGUERA. José Luis LOPEZ BULLA: "Flexibilidad" y temporalidad: propuestas para un debate en la izquierda social, 1998.

[7] Joan Coscubiela. Ibidem.

[8] José Luis López Bulla: El contrato moral, agosto de 1995. Véase también el Informe al Sexto Congreso de la CONC.

[9] Jacint Jordana define la tasa neta como el cociente entre el número de afiliados (menos los afiliados jubilados) y el número de trabajadores ocupados; la tasa bruta sería el cociente entre el número de afiliados (menos los afiliados pensionistas y los parados) y el número de ocupados.

[10] Véase al respecto Quaderns de Debat sindical, núm. 13, CERES, Barcelona 1998: Jornadas sobre El conflicto social en el hecho tecnológico.

[11] Ibidem

[12] Para más detalles existen una serie de trabajos explicativos de esta experiencia.

Ramón Alós y Antonio Martín: Cercles d'estudi: una experiència de dinamització sindical. Annuari sociolaboral de Catalunya, 1996. Institut d'Estudis Laborals (Universitat de Barcelona, CONC y UGT)

"Discussion Paper". Ensayo metodológico sobre los Círculos de Estudio. Participación y democracia industrial en la empresa. CERES-CONC y QUIT-UAB. Proyecto Sunreg. Barcelona, Enero de 1998.

Boletín Sunreg. Los círculos de Estudio. CERES. Barcelona, 1998.

jueves, enero 10, 2008

LOS ARTICULOS DE METIENDO BULLA DE 2006


2006 (195) Aquí yacen todos los artículos que se publicaron en "Metiendo bulla" en dicho año.

lunes, julio 23, 2007

POR UNA NUEVA FASE DEL SINDICALISMO CONFEDERAL ITALIANO




PRIMERO

Ante las profundas transformaciones que atraviesan nuestro tiempo (tanto en la escena internacional como en el campo de las relaciones económico-sociales), el movimiento sindical tiene que volver a definir todo el cuadro de sus opciones estratégicas: sin esta capacidad de innovación se arriesga a verse desplazado. Este es el momento, también para la Cgil, de una discusión a tumba abierta. Pero ya no es suficiente una gestión meramente táctica, capaz de afrontar las emergencias que se presentan cotidianamente sin un diseño estratégico de más largo respiro
[1]. Es urgente e indispensable abrir esa discusión, sin esperar la próxima cita congresual. Para que esa discusión sea productiva es necesario un espíritu abierto, yendo más allá de las lógicas de pertenencia a unos u otros grupos y de las conveniencias burocráticas, la Cgil debe estar a la altura de los nuevos desafíos, tal como lo ha sabido hacer en otros momentos decisivos de su historia; para ello tiene necesidad de un gran esfuerzo colectivo de elaboración e investigación.

SEGUNDO

El sindicato actúa (y así debe ser cada vez más) en un horizonte global: ello exige una estrategia capaz de dirigir ese proceso. Pero el movimiento sindical no está suficientemente ubicado en ese estadio ya que no cuenta con estructuras internacionales verdaderamente eficaces y dinámicas que superen los particularismos nacionales
[2].
Se hizo una gran e imponente movilización contra la intervención militar en Irak. Esta guerra ha representado una gravísima ruptura de las reglas del derecho internacional, inaugurando la estrategia de la ´guerra preventiva´. El movimiento sindical ha sido un actor importante de esta movilización
[3], y continúan siendo válidas las razones de ese esfuerzo porque estaban en juego (y siguen estando) cuestiones esenciales y de principio que se refieren al orden internacional y a la regulación del derecho del uso de la fuerza. Pero ahora, tras el final de la guerra, una vez superada la fase del más fuerte empeño emotivo, hay que traducirlo en propuestas políticas y programáticas, y es en ese aspecto donde resultan evidentes nuestras debilidades estructurales.
El problema que debemos encarar es el funcionamiento de todas las instituciones internacionales
[4]; éstas piden una profunda reforma democrática, con el objetivo de poner fin el dominio unilateral de las grandes potencias y corregir radicalmente la orientación neoliberal, hoy dominante, que tiene como objetivo exasperar las desigualdades a escala mundial. Para abordar este orden de cosas, es necesaria una fuerte iniciativa internacional sobre la base de: un programa, una plataforma reformadora y la construcción de un sistema de alianzas. Todo ello con la orientación de obtener resultados concretos.
Es más evidente, todavía, esta necesidad de acción política incisiva en el contexto europeo en el momento en que se ha abierto el proceso de definición de las bases constitucionales de Europa, de reforma de sus instituciones, en un cuadro geopolítico de extraordinaria novedad con la ampliación al Este, con la construcción de un sujeto político totalmente inédito y de gran complejidad. Del éxito de estos procesos dependerá tanto el futuro de los equilibrios mundiales, como la función histórico-política de Europa y su capacidad, o no, de constituirse como sujeto político autónomo y de expresar su propia estrategia global. En una situación de esta naturaleza, el movimiento sindical no puede limitar su iniciativa a las formas tradicionales de la solidaridad internacional o una genérica inspiración pacifista sino que debe proponerse una intervención en lo más vivo de los procesos que se están definiendo
[5].
La dimensión internacional debe adquirir una dimensión estructural en todo el trabajo sindical; es decir, no solo reservada al área de los especialistas sino que debe afectar al modo de ser de un sindicato plenamente responsable de las interrelaciones globales que recorren todos los aspectos de nuestra experiencia social.

TERCERO

El contexto político italiano está fuertemente condicionado por las tensiones y contraposiciones que vienen del actual gobierno de centro-derecha; se trata de un encontronazo político que se refiere a todas las cuestiones decisivas de la vida democrática. Pero la situación está lejos de ser estable, y hay en curso diversos procesos en la sociedad italiana y en sus orientaciones de fondo que hacen que el cuadro político sea más inestable y esté más abierto, como lo demuestra con claridad la última edición de las elecciones administrativas. Ahora estamos entrando en una nueva fase política con todas las relaciones de fuerza puestas en entredicho.
La tentativa de construir en torno a la derecha un sólido bloque social empieza a mostrar evidentes contradicciones, especialmente porque el gobierno no ha conseguido garantizar las condiciones de un nuevo ´mmilagro económico´ y un nuevo ciclo de desarrollo; antes al contrario, ha llevado al país (y a la economía) a una situación muy caótica, con un efecto general de stagnación y pérdida de competitividad
[6]. En esta coyuntura, los procesos sociales de fondo son los elementos decisivos, y en ese lugar se encuentran las posibilidades de desarticular las bases de apoyo de la actual mayoría. El centro-derecha intentó representar y organizar un determinado proceso social, haciéndose eco de los impulsos individualistas presentes en las gentes y ofreciendo a una sociedad incierta e insegura una perspectiva de crecimiento y relajamiento de sus vínculos, de liberación e innovación[7].
Según esta representación ideológica, la derecha opone a la izquierda estatalista, burocrática y asistencialista --que tiene bloqueadas las energías del país-- el modelo de una sociedad abierta y dinámica, reconociendo la iniciativa personal y ampliando la esfera de las libertades individuales. Este es un esquema que ha funcionado políticamente, pero que no va bien en el plano de la realidad, que no tiene resultados efectivos y por ello toda la situación política puede ser reabierta y conducida hacia nuevos caminos. En este contexto, la iniciativa sindical puede desarrollarse positivamente y favorecer también avances de carácter político.
El sindicato, de hecho, interviene directamente en las contradicciones sociales, y puede intentar reorganizar sobre nuevas bases (sobre una plataforma política más avanzada), la acción de la representación social, sus relaciones y sus objetivos. Pero debe quedar totalmente claro que el sindicato interviene exclusivamente sobre el campo de la organización social y de la representación de intereses; es en ese terreno donde se mide con la acción de gobierno y con las fuerzas políticas, valorando las diversas líneas programáticas, según el método de la representación del mundo del trabajo. El sindicato no hace oposición ideológica, no se orienta aprioristicamente en un campo político, sino que interviene autonómamente en la dinámica de los procesos sociales.
La autonomía es la condición que determina la fuerza y capacidad de incidir, de orientar las relaciones de poder en la sociedad, de condicionar el mismo proceso político. Obviamente, no se puede prescindir del contexto político en el que se interviene, ni se puede concebir la autonomía como una especie de agnoticismo político.
El contexto actual, con un gobierno de centro-derecha que dispone de una amplia mayoría parlamentaria y que se inspira en un agresivo programa neoliberal, sitúa al sindicato frente a una prueba difícil. Sin embargo no es aceptable la representación de estas situaciones como la instauración, cada vez más completa, de un régimen, de un sistema de poder compacto y exclusivo para el que se han cerrado todas las opciones y sólo existe la posibilidad de una extrema acción de resistencia. Este es un planteamiento completamente equivocado, ya sea en el plano político, porque como se ha visto es una situación en movimiento y no se trata de un bloque social consolidado, ya sea especialmente si se refiere al plano sindical, colocando al sindicato en un terreno impropio, de una oposición al sistema, de tipo ideológico, que le situaría definitivamente fuera de juego.


CUARTO

La autonomía del sindicato tiene su fundamento en la función de representación social que actúa según su propia dinámica, no coincidente con los tiempos y formas de la política
[8]. Cualquier superposición de estos dos planos produce efectos negativos porque debilitan la acción sindical y la constriñen a un papel subsidiario respecto al sistema político, su capacidad de síntesis y mediación social. En este sentido, es necesaria una opción muy clara y limpia, superando definitivamente todo residuo de ´colateralismo´ y contrastando abiertamente todas las presiones políticas que querrían volver a llevar al sindicato a una determinada área de influencia con el argumento de que, en un sistema bipolar, también la sociedad civil debe encuadrarse y tomar posición hacia uno de los dos campos contrapuestos[9]. Debemos rechazar dicho argumento: el bipolarismo político no debe conducir a una colonización del conjunto de la sociedad, sino que al contrario tiene que estar presidido por una fuerte autonomía de los sujetos sociales. Porque aquí está en juego el modelo de democracia que queremos construir en nuestro futuro[10].
De un lado está la democracia ´verticalizada´ y plebiscitaria que hace descender todo de la legitimación popular del gobierno y de su líder, trastabillando todos los sistemas de autonomía, desde la magistratura a la información, desde las autonomías territoriales a las sociales. Y, de otra parte, está la idea de una democracia alargada y estructurada que reconoce el pluralismo de la sociedad y concibe la misma acción de gobierno, no como acto de decisionismo que se trasmite jerárquicamente de arriba hacia abajo, sino como un proceso participativo y consensuado en el que entran en juego toda la red de las autonomías y de los cuerpos intermedios.
El tema de la autonomía tiene, así pues, complejas y muy relevantes implicaciones político-institucionales. Ceder en ese punto, significa dejarse llevar por el terreno del populismo; lo que comportaría que el sindicato perdiera su fisonomía, convirtiéndose en una pieza de maniobra del juego de la competición bipolar al servicio de cualquier aspirante a líder carismático. Las dos ideas-fuerza del sindicato son: autonomía y representación, dos caras inseparables de un mismo proceso. Si uno de estos dos elementos entra en crisis, distorsiona necesariamente al otro.
Ahora bien, hay que poner en marcha ese proceso, sabiendo que estamos ante un compás de espera, que autonomía y representación son hoy, por muchas razones, objetivos a reconquistar y reactivar con un trabajo sindical que vuelva a establecer una estrecha relación con el mundo del trabajo y con sus transformaciones
[11]. Nuestro objetivo es representar el mundo del trabajo que cambia. Y ello exige una fuerte innovación de toda la acción sindical y de sus instrumentos organizativos[12]; y reclama, como condición de partida, un fortísimo anclaje en el principio de autonomía ya que la representación no se establece por una vía política o ideológica sino sólo mediante una relación directa con las exigencias sociales y sus dinámicas. La vía del sindicato es siempre práctica y experimental que no viene de la teoría sino de la experiencia concreta de los sujetos sociales[13]. La autonomía es, sobre todo, la originalidad específica de este recorrido que parte siempre de la realidad social y acompaña sus movimientos, sin estar nunca constreñida por esquemas ideológicos preconstituidos. Sin autonomía no existe sindicato sino un subrogado de la política, un movimiento que tiene en la esfera política sus motivaciones y sus efectivos centros de decisión. La plena reconquista de la autonomía es, pues, el salto decisivo y la primera obligación de la acción sindical.

QUINTO


Hablar de una ´reconquista de la autonomía´ o de ´resindicalización´, significa reconocer que, para la Cgil, hay un problema no del todo resuelto en lo que atañe a su relación con la política. Así pues, es preciso hacer un balance de los últimos acontecimientos sindicales, caracterizados por una gran movilización de masas y, junto a ello, con una creciente dificultad en las relaciones unitarias; en esta fase se combinan elementos de fuerza y debilidad.
La Cgil --poniendo con claridad el tema de los derechos y asegurando una línea clara de contraste respecto a los procesos de precarización del trabajo--se ha colocado a la cabeza de una gran movilización civil y democrática y ha conquistado, en diversos sectores de la sociedad italiana, una posición de enorme prestigio. Sobre este mismo terreno se han puesto en evidencia serias divergencias con la Csil y Uil que han conducido a la firma por separado del ´Patto per l´Italia´. Hoy nos podemos interrogar sobre varias decisiones tácticas y si, de verdad, en todas ellas se habían agotado las posibilidades de una mediación unitaria. Pero, más allá de esta reconstrucción crítica, hay un aspecto político que es decisivo: frente a las dificultades unitarias, una gran parte del grupo dirigente de la Cgil y de su cuadros optó por el camino de la autosuficiencia; la Cgil, de esa manera, se creyó finalmente libre de hacer valer, sin condicionamientos, su posición política y dirigir ella sola la confrontación, asumiendo el papel de punta de lanza de la movilización política contra el gobierno
[14].
Así se han producido una serie de acciones unilaterales, como por ejemplo manifestaciones y huelgas, francamente no todas convocadas por una efectiva necesidad, con el resultado de generalizar la división, dándole a todo ello una validez estratégica
[15]. De esa manera se puede crear una falsa prospectiva política, poniendo en sordina el problema de la unidad y cultivando la ilusión que es suficiente la ´coherencia´ de las posiciones, aunque sea pagando el precio del aislamiento. Así, lo único que cuenta es tener razón ´en el fondo´. Pero el fondo de un determinado problema es inseparable del contexto y perspectiva estratégica general y, por ello, una serie de posiciones justas en su singularidad puedan dar lugar a una línea errada o contradictoria, especialmente porque no se valoran todos los efectos políticos y de contexto de una opción concreta. Es por esta incertidumbre estratégica que la fuerza de la Cgil (su capacidad de movilización) se arriesga a convertirse en una debilidad. Al final de esta etapa sindical, la Cgil se encuentra en una posición crítica, ya sea por las rupturas acaecidas en el tejido unitario (que no ha sido ocasionales sino insistentes y sobrecargadas de significado político y estratégico), ya sea por los efectos de ´politización´ que se derivan de ello, por la impresión (real o presunta) de una suplantación de funciones en el terreno político con el objetivo de condicionar a los dirigentes de los DS y ofrecer una interlocución política a los movimientos sociales, para poner las bases de un nuevo proyecto[16].
De manera que debemos hacer un balance crítico y no autocomplaciente. Y hemos de rechazar la tesis que contrapone fuerza de movilización e inspiración unitaria porque en una prospectiva de más largo respiro es verdad, exactamente, su contrario: un movimiento tiene tanta más posibilidad de incidir y de durar cuanto más amplia y unitaria es su base social. Los reflejos de tal concepción han sido ampliamente medidos con la derrota súbita en el ´descuelgue´ de la firma del convenio colectivo de los metalúrgicos. Un grupo dirigente responsable debe saber comprender cuando se ha acabado un ciclo político y es preciso rectificar. Nosotros estamos ahora en esa tesitura. Podemos dejar que las cosas sigan su curso por la fuerza de la inercia y adaptarnos a la perspectiva de una Cgil que cambia su estatuto político y substituye la unidad con la autosuficiencia. O viceversa, podemos dar el sentido de un cambio, siempre y cuando que esta señal sea explícita, declarada y visible.
SEXTO

Esta necesaria tarea de corrección --la batalla sobre los derechos-- no ha sido enterrada. Este es un tema central y estratégico, tanto en el prisma político como en el sindical. Porque está en juego el modelo social, su sistema de relaciones y el papel que en dicho sistema tiene la persona-trabajador, ya sea como titular de una efectiva ciudadanía o como una mercancía de intercambio supeditada a las lógicas inestables del mercado. Es evidente que la cuestión de los derechos, sobre todo en el caso de los derechos sociales, tiene mucho que ver con el cuadro de los poderes, ya que un derecho es solo virtual si no hay un poder político que lo garantice y lo haga efectivo. Todo el camino del moderno constitucionalismo europeo, hasta la reciente Carta de Niza, es la tentativa de alargar la esfera de los derechos y darles una fuerza jurídica vinculante; pero es un camino accidentado que se confronta con la efectividad de las relaciones de fuerza y la materialidad de los procesos políticos concretos. Entonces, el problema actual es el de conjugar el tema de los derechos, no solo en términos declamatorios o propagandísticos sino en el terreno de la acción política y sindical. Para el sindicato, se trata, en primer lugar, de ´contractualizar´ los derechos; de volver a acudir todo el edificio contractual para ofrecer a los trabajadores un fuerte sistema de garantías e impedir la balcanización del mercado laboral, bajo el dominio de la precarización y la flexibilidad salvaje. Es en la concreción del trabajo sindical cotidiano donde hay que tener, de modo firme, la brújula de los derechos y la dignidad del trabajo, buscando cada vez más los posibles puntos de este avance. Aquí se coloca la necesaria acción de contraste con la Ley del mercado de trabajo y la iniciativa de relanzar los proyectos de ley que ha propuesto la Cgil, como base de una amplia discusión política y sindical.
Se trata de un sendero totalmente opuesto al que se intentó con el referéndum por la extensión del artículo 18: el camino de un negocio ruinoso, de una prueba de fuerza, llevando el debate sindical al territorio de la confrontación política, con el resultado de socavar la autonomía de los sujetos sociales y aventurándose en un conflicto político-ideológico de dudoso éxito, como lo han demostrado los acontecimientos posteriores.
El referéndum ha sido oportunamente desactivado por una aguda conducción política de los mayores partidos del centro-izquierda. La Cgil se ha encontrado en evidentes dificultades y, al final, tomó una posición discutible y de escasa eficacia
[17]. Pero esto es también la consecuencia de errores y errores e incertidumbres anteriores. Porque desde el principio no se atajó la movilización de algunas importantes estructuras cuando recogían firmas para el referéndum y no se contrastó con fuerza, en el terreno político, la idea de una radicalización, de un choque frontal según el cual no había ningún espacio de negociación sindical. El referéndum nace de este equívoco: que los espacios de la concertación han sido destrozados, y que con este gobierno y estas contrapartes empresariales sólo es posible actuar en una línea de resistencia[18].
La Cgil no puede dejarse llevar por ese terreno. Ahora, una vez archivado el referéndum, el tema de los derechos puede volver a nuestras manos.


SEPTIMO

Si verdaderamente se pone en marcha un proceso de resindicalización, según las dos coordinadas de la autonomía y la representación, también la perspectiva de la unidad sindical puede tener actualidad y de modo más realista puede ser un objetivo para ahora, no como un espejo de un futuro imaginario. Hablamos de volver a tomar, a todos los efectos, la unidad de acción entre las tres confederaciones, y no del objetivo más ambicioso de la unidad orgánica que, evidentemente, tiene una necesidad de tiempos más largos de maduración y podrá ser el inicio de un progresivo acercamiento, en el terreno contractual, reivindicativo y programático, también de un consiguiente cambio del clima político en las relaciones recíprocas. Este es un acto necesario de realismo, debiendo registrar la rapidísima involución que se ha dado en estos años, ya pasado el momento en que la unidad orgánica parecía estar al alcance de la mano. E son muchos las responsabilidades, también en el interior de la Cgil, de aquel fracaso.
Ahora se trata de volver a poner en marcha un proceso, valorando con objetividad la situación dada y las diversas posiciones. Como siempre ocurre en momentos de ruptura, existe la tendencia a dramatizar los puntos de desacuerdo y cada confederación pone énfasis en su espíritu de organización, tendiendo a escenificar sus diferencias como contraposición de modelos estratégicos opuestos, y mientras dura esta situación, el contencioso se retroalimenta, y sobre todo se introduce en el cuerpo activa de las organizaciones un aspecto integral de clausura y desconfianza. Lo que primero se debe hacer es ir al fondo del problema, singularizando cuáles son los puntos de diferenciación verdaderamente substanciales, debilitando y relativizando toda la sobrecarga ideológica que, unos y otros, han puesto en marcha de modo instrumental. Al final de esta operación, encontramos naturalmente un pluralismo de intentos y culturas sindicales, también en el interior de cada organización, aunque ninguna discriminación de principio, si no sobre el tema crucial de las reglas de la democracia. Todo lo demás forma parte de una normal dialéctica sindical que puede inscribirse dentro de un proceso de mediación unitaria. Así pues, hay que concentrar nuestra atención y nuestro esfuerzo en el problema de las reglas democráticas.
Podemos seguir útilmente las indicaciones que están en el documento ´Per riprendere il cammino dell´unità sindacale´, firmado por Gino Giugni y otros autorizados exponentes de la cultura democrática italiana. Sugerimos que el camino a recorrer es el de la ´definición de un código de autoregulación´, elevando a un segundo momento la eventual disposición legislativa y el terreno de mediación entre los dos extremos de una democracia o solo asociativa o solo refrendataria, y singularizado en ´red representativa y unitaria´ de las RSU que pueda ´jugar un importante papel en la definición de un sistema de democracia sindical´
[19].
Sobre la base de un modelo de ´democracia representativa´ que conciba la representación en la empresa como el punto efectivo de conjunción entre afiliados y trabajadores, se puede construir un sistema de reglas donde el pluralismo sindical se pueda desarrollar sin efectos destructivos y sin actos unilaterales, gestionando las diferencias y definiendo los instrumentos de legitimación de las decisiones.
Los dos sencillísimos principios reguladores podrían ser los siguientes: hay que medir la representatividad de las organizaciones y todas las decisiones se legitiman por el principio de mayoría
[20]. Por otra parte, es necesario un esfuerzo de las organizaciones para privilegiar el recorrido unitario, buscando en aquella sede la solución de los puntos de conflicto, lo que puede traducirse también en normas de comportamiento de manera que cada organización no esté vinculada sólo a sus mecanismos internos, sino que quede bajo la norma, mediante su autónoma y responsable decisión, a un sistema de reglas que le exija la búsqueda de soluciones unitarias a lo largo de todo el proceso contractual, desde la plataforma hasta el acuerdo[21].
A partir de estos principios, no es empresa imposible elaborar un protocolo que regule todas las relaciones sindicales. Por otra parte, existe ya, en el sector público, un modelo de regulación que puede ser, con todas sus necesarias adaptaciones, extendido al sector privado.
La Cgil tiene que tomar la iniciativa. Y para que ello sea creíble y estimulante, debe asumir el compromiso que, desde ahora, no pondrá en marcha ningún acto unilateral (plataformas, paros, acuerdos), elevando todas las cuestiones de controvertidas a una sede unitaria de verificación y mediación. Debe quedar claro que la Cgil no es un obstáculo a la unidad ( en la situación actual, eso no resulta evidente)y que, por el contrario, somos nosotros quienes invitamos a las otras confederaciones a un acto común de responsabilidad. Ello tendría un fuerte impacto en las relaciones sindicales y movilizaría todos los grupos dirigentes y nuestras estructuras en la búsqueda de objetivos, aunque fueran parciales, de unidad, ya fueran sobre el terreno de las reglas ya fuesen sobre las políticas reivindicativas. Este fuerte relanzamiento de la iniciativa unitaria está ya maduro. Porque, frente a la estagnaciónde nuestro sistema productivo y a la pérdida de competitividad (y frente una acción de gobierno, que no ofrece ningún lugar efectivo de debate y concertación) los elementos de convergencia entre las tres confederaciones son objetivamente muy fuertes, y ya existe un común interés en superar la fase de las divisiones para afrontar un momento político-social de gran dificultad.


OCTAVO

El acuerdo firmado entre Cgil, Csil, Uil y Confindustria es la señal más importante y significativa de la convergencia programática entre las tres confederaciones sobre asuntos de fondo del desarrollo del país. Se trata de un paso que va en la justa dirección y que ha sido adecuadamente apoyado, representando la base de la iniciativa sindical de los próximos meses y las opciones de política económica que deberá asumir el gobierno.
En este cuadro es preciso que retorne el tema del mezzogiorno al esfuerzo nacional, y que esta opción por la competitividad puede representar la leva posible para empeñar al país a competir en Europa y en la economía mundial, a la par que los otros países avanzados.
Las decisiones de las confederaciones sindicales y de la Confindustria de ejercer conjuntamente una presión ante el gobierno para realizar una política de desarrollo, corrigiendo en aspectos esenciales (investigación, formación, infraestructuras y mezzogiorno) la línea que se ha llevado hasta ahora, representa una novedad política importante, porque se rompe el colateralismo que había caracterizado toda la anterior gestión de la presidencia d´Amato
[22]. También esto es una señal del nuevo clima político que se está formando en el país. Habrá que gestionar este acuerdo a nivel territorial, singularizando todos los interlocutores posibles (institucionales y sociales) para un relanzamiento de políticas de concertación, también en el contexto del nuevo reparto de los poderes, plasmados en las nuevas normas constitucionales.
NOVENO

La concertación sigue siendo la gran opción estratégica del sindicalismo confederal, ya sea a nivel central ya sea a niveles descentralizados. El punto de referencia, todavía válido, es el sistema de relaciones que fijó el Protocollo Ciampi en el año 1993 que puede ser modificado y puesto al día en su instrumentación concreta, pero que es actual en su inspiración general. Tras la entrada del euro --que fue posible incluso gracias a dicho acuerdo-- se trata, ahora, de volver a definir los objetivos macroeconómicos del próximo futuro, decidir qué política de rentas y desarrollo son necesarias hoy, confirmando que las opciones de este alcance pueden ser eficazmente perseguidas sólo con el concurso de las fuerzas sociales y con el método de la concertación. Este es un punto decisivo de la crítica al actual gobierno que, de hecho, ha abandonado la concertación, y la crisis de ésta coincide, también, no casualmente con una grave ralentización del desarrollo.
De ello no debemos concluir, de ningún modo, que la concertación es ya una opción política liquidada para siempre (alguien ha dado un suspiro de alivio, porque el sindicato vuelve a ser un sujeto conflictual y antagonista), pero contrariamente debemos ejercer una fuerte ofensiva hacia el gobierno para que se reabra una verdadera mesa de discusión; y con el mismo método debemos operar en nuestras relaciones con las instituciones locales que presentan un cuadro político bastante diferenciado. La concertación, como método y sistema, es el modo en el que el sindicato realiza su confederalidad, su capacidad de medirse con los problemas generales del país, superando la dimensión corporativa y asumiendo vínculos de coherencia y responsabilidad de cara a determinados objetivos compartidos. Hoy el tema central, el objetivo del debate, es el desarrollo y el empleo.

DECIMO

La discusión sobre la estructura del sistema contractual y sus reglas está abierta. El sistema, actualmente en vigor, ha conseguido sus objetivos de fondo; por ello, hay que descartar las hipótesis que prefiguran un modelo totalmente alternativo, como por ejemplo las que se orientan hacia un total vaciado de contenidos de los convenios nacionales de ramo.
El sistema contractual, organizado sobre dos niveles, fundamentalmente tiene el defecto de ser un sistema paticojo, porque el nivel descentralizado no está garantizado para todas las empresas y afecta sólo a una parte todavía minoritaria del mundo del trabajo. Existen aquí dificultades objetivas y estructurales, dadas las características de nuestra estructura productiva, basada ampliamente en las pequeñas empresas. En esta situación, un sistema que desplace drásticamente el baricentro contractual del nivel nacional al descentralizado, se arriesga a dejar totalmente al descubierto --sin protección negocial-- sectores decisivos del trabajo dependiente. El desplazamiento hacia el segundo nivel --que, no obstante, es necesario-- debe ser verificado y graduado, empezando por experimentar nuevas formas contractuales por áreas territoriales, polígonos industriales y sectores del artesanado. Es decir, se trata de consolidar el segundo nivel, procurando hacerlo efectivamente exigible y generalizado, y en relación a este proceso podrán ser gradualmente innovadas las características del convenio nacional, manteniendo una estructura de dos niveles y excluyendo la solución de los convenios regionales que determinaría una ruptura vertical entre regiones fuertes y regiones débiles. En esta prospectiva, el convenio nacional, más allá de defender el poder adquisitivo de los salarios con inflación real, debe convertirse también en un instrumento de reforma e innovación de las políticas contractuales, apuntando a un reforzamiento cualitativo y a una extensión cuantitativa del segundo nivel, con la intención de determinar de manera más concreta las materias negociales, tales como organización del trabajo, sistema de horarios, salarios de productividad, procesos formativos, instrumentos de participación...
En esta perspectiva, que actúa en una lógica de prudente gradualidad, se sitúan también los procesos de integración europea, con la posibilidad de estructurar una efectiva coordinación de las dinámicas negociales, examinando las diversas hipótesis de articulación de la negociación colectiva para superar la actual fragmentación. Pero cada vez es más urgente volver a abrir una discusión sobre los objetivos de la vida contractual. Mientras que el mundo del trabajo ha cambiado radicalmente, nuestras políticas reivindicativas no se han reelaborado seriamente
[23]. Es el momento de abrir en el sindicato y con los trabajadores una gran discusión de masas sobre este aspecto.
El giro está en el hecho de que, con el asentamiento de la economía post-fordista, no son ya suficientes las tutelas en el centro de trabajo, sino que se precisa tener en cuenta la ´carrera laboral´a lo largo de toda la vida, la posibilidad de gestionar los procesos de movilidad, disponiendo los recursos necesarios para orientarse en el mercado laboral y no ser rechazado hacia el mundo precario y marginal, o con la expulsión anticipada del trabajo con las consecuencias que todo ello comporta a la condición del trabajador anciano.
El proceso de envejecimiento de la población, la particularidad del fenómeno demográfico en Italia, el bajo nivel de participación en el mercado laboral de los ancianos y las mujeres, las expectativas de envejecimiento activo y de una condición de una edad más libre, obligan al sindicato a encarar los problemas del trabajo y de su calidad, la formación permanente y la calidad de vida que piden nuestros mayores
[24]. El eje de las políticas reivindicativas plantea cada vez más una fuerte integración entre la fábrica y el territorio. Entonces, frente a este proceso, cambian las prioridades. Hoy, los temas cruciales son la formación, el crecimiento de una profesionalidad polivalente, el control de la flexibilidad, el gobierno de los tiempos de trabajo, la construcción de un sistema de tutelas sociales que se inserte en experiencias de trabajo irregular e intermitente, la reforma de todos los instrumentos de gobierno del mercado laboral, para conseguir verdaderamente un sistema eficaz de orientación profesional y de encuentro entre demanda y oferta. En sustancia, se trata de construir un política reivindicativa y contractual que encare las nuevas modalidades del trabajo y que contraste los procesos hoy prevalentes de precarización y negación de los derechos, reafirmando un renovado equilibrio de la relación entre contratación y ley.
El proceso de cambio que está en marcha, con el tránsito de la rigidez de la fábrica fordista a la flexibilidad del ´capitalismo molecular´ no puede ser bloqueado o arruinado; sobre ese terreno es posible reconstruir una práctica sindical que sea capaz de tutelar las nuevas formas de trabajo. Pero, para ello, es necesaria una política reivindicativa que esté a la altura de intervenir no sólo en el particular centro de trabajo sino en todo el difuso proceso social en el que está insita la fuerza de trabajo.
Nuestro tema es, pues, la cualidad social del proceso de modernización. Modernizar significa inspirar la innovación (tecnológica, productiva, organizativa) a los valores del orden del día de la historia moderna: autonomía personal, iguales derechos, primado de la persona. En este sentido, la modernización no es la amenaza sino que es la investigación de las soluciones adecuadas, en coherencia con el sistema de valores que históricamente hemos elaborado.
He aquí dos temas.
El primero es la necesidad de una revalorización de los niveles salariales, sobre todo los de la franja laboral de los más débiles, que están ya en el umbral de la pobreza, y de una política salarial global, capaz de negociar los salarios reales, valorizando la profesionalidad. Y simultáneamente ponemos el problema de cómo asegurar a las pensiones en mantenimiento del su valor y del poder adquisitivo, también en relación a la evolución del pib y la productividad general, activando una política de tutela de las rentas netas sobre la base de una solidaridad explícita hacia el segmento de los más débiles. Esto debe ser un objetivo central de la política de rentas, en línea con los mayores países europeos. Se inscribe también en este aspecto la batalla contra las formas de dumping social para regular la economía submergida y el cumplimiento de los convenios colectivos en un contexto en el que las medidas adoptadas por el gobierno no han producido efectos significativos. También la acción del sindicato ha sido inadecuada en este asunto. Lo que obliga a poner a punto una línea de conducta más eficaz, capaz de agrupar y promover la movilización de los interesados. El segundo tema, más complejo, es el de las formas de control y participación de los trabajadores en la vida de las empresas y en sus opciones estratégicas: es el asunto, que nunca se ha encarado seriamente, de la democracia económica. En este campo, hay que rectualizar las diversas elaboraciones sindicales y confrontarlas con las diversas experiencias que se han realizado en el cuadro europeo, utilizando todos los nuevos espacios que se han abierto con la normativa sobre la empresa europea. Con este objetivo, pueden concurrir diversos instrumentos (consejo de vigilancia, accionariado, instrumentos de cogestión, etcétera) integrados e implementados en un proyecto general de reforma democrática del sistema de la empresa. UNDECIMO

Las nuevas características del mercado de trabajo exigen hoy, mucho más que en el pasado, un sistema de Estado de bienestar, capaz de construir para todos una red eficaz de protecciones sociales, compensando los fenómenos de precariedad y discontinuidad del trabajo, considerando también el nuevo fenómeno de la inmigración y sus complejas implicaciones sociales. Es necesario un Estado de bienestar universal e incluyente, que se oriente a la persona, al ciudadano y asegure los derechos fundamentales de ciudadanía a todo el mundo. Esta opción es incompatible con una línea de política económica que apunte a una radical reducción de la presión fiscal, ya que ello significaría necesariamente la privatización de los servicios sociales y la creación de nuevas desigualdades. Y es incompatible con el mantenimiento de posiciones de privilegio para ciertas categorías, como lo fue durante largo tiempo, antes de la reforma Dini en el sector de la previsión social, y como todavía amenaza con reproducirse en varios campos, si falta una acción política responsable por la igualdad de los derechos. El Estado de bienestar constituye el terreno decisivo en el que se enfrentan culturas políticas opuestas: el modelo de una competición sin reglas que deja actuar libremente los espíritus vitales del mercado o la construcción de una sociedad solidaria y cohesionada. En este sentido se ha rechazado netamente el ataque gubernamental al sistema de pensiones.
Y va aparejada una más amplia plataforma de relanzamiento y recualificación del Estado de bienestar, considerando en su conexión los diversos tipos de intervención: políticas asistenciales, formativas, amortizadores sociales, medidas de sostén a las rentas... Hay que reorganizar y potenciar el conjunto del gasto social. En esta operación de relanzamiento del Estado de bienestar es necesario superar toda visión centralista y estatista. Y son decisivas la aportación de las instituciones locales y la integración de la intervención pública, con la iniciativa de la vasta red asociativa que constituye el ´tercer sector´.
El principio de subsidiariedad asume todo su significado en ese campo en cuanto se trata de intervenir no burocráticamente, sino con una relación de vecindad en las necesidades sociales concretas de las personas y de la comunidad, ofreciendo servicios diferenciados y personalizados y utilizando para ello todo el gran patrimonio del voluntariado. Mientras que la esfera de los derechos fundamentales tiene que estar regulada en el plano constitucional según el principio de igualdad, las modalidades concretas de actuación y organización del Estado de bienestar deben estar articulados en los diversos contextos territoriales. El sindicato debe ser un actor decisivo en la concertación social de tales sistemas
[25].
También en este campo, la dimensión europea será cada vez más decisiva, siendo necesaria una obra de progresiva armonización de los sistemas sociales nacionales. Debemos prepararnos para ello, sin encerrarnos en una autosuficiencia nacional, sino, al contrario, planteando, en el futuro, el papel de la autoridad europea en la coordinación de las políticas económicas y sociales y en la defensa y relanzamiento del modelo social europeo.
DUODECIMO

La Cgil tiene necesidad de realizar una profunda renovación organizativa para encarar la complejidad de problemas que hemos dibujado en una responsable perspectiva estratégica mayor.
La estructura actual es demasiado pesada y burocratizada y, sobre todo, muy escorada hacia un sistema social y productivo que ya ha dejado de existir. La consecuencia es una tendencia a la estabilización y no a la innovación, a la defensa de los aspectos tradicionales y no a un proceso de sindicalización de nuevos sujetos sociales
[26]. El reto de la reforma organizativa es demasiado complejo y lleva consigo numerosas implicaciones que deben considerarse atentamente sin improvisación alguna. Lo importante, finalmente, es abrir un debate y tomar en serio dicha cuestión que, hasta la presente, sólo ha sido vagamente abordada, pero nunca se ha sometido a una profunda verificación.
Indicamos a continuación, en una primera aproximación, algunas posibles líneas de intervención:
n un proceso substancial de descentralización de las responsabilidades de dirección de los recursos, creando un sistema de autonomías territoriales, capaz de cotejarse con el nuevo cuadro institucional;
n una fortísima inversión estratégica en la dirección de la sindicalización de las nuevas formas de trabajo;
n una potenciación de la horizontalidad territorial y una reorganización territorial de la Cgil, como contribución a un posible proceso de reunificación del trabajo fragmentado y de sostén al federalismo solidario, construyendo un Estado de bienestar local, mediante el desarrollo de la negociación social y la participación de la ciudadanía activa
[27];
n la organización de una seria batalla política interna de cara a plantear nuevos criterios de selección de los grupos dirigentes, superando las lógicas de fidelidad, conformismo o pertenencia a las diversas corrientes políticas, que determinan en el cuerpo de la organización numerosos efectos degenerativos e impiden una renovación cualitativa de los órganos de dirección en los diversos escalones
[28];
n un proceso real de democratización, con la organización sistemática de momentos de consulta y verificación, en los grupos dirigentes y entre los afiliados, con una lógica abierta y no sobre la base de acuerdos ya preconstituidos en el vértice
[29];
n el pleno reconocimiento del pluralismo interno que no se aborda en las áreas congresuales, también con la autonomía de cada dirigente, orientado a construir un sistema de dirección más abierto y plural que englobe toda la complejidad de las culturas políticas presentes en las organizaciones
[30];
n una reforma de los órganos de garantías y control, mediante una composición de tales institutos, dictada por una competencia jurídica y requisitos de autonomía e independencia, y no por razones políticas
[31];
n la construcción de una red de relaciones con los saberes externos, con los especialistas, con la cultura científica, considerando este trabajo como un antídoto respecto a las tentaciones de autosuficiencia y de fundamentalismo de organización
[32]. DECIMOTERCERO

La cultura política del sindicato, y especialmente de la Cgil, tiene sus bases en la tradición reformista del movimiento obrero, en el proceso histórico que ha creado las más importantes instituciones, donde han tomado cuerpo los objetivos de solidaridad y cohesión social. Esta inspiración reformista de la Cgil es, hoy, abiertamente reivindicada y reafirmada. El sindicato reformista es una organización que no se limita nunca a la acción de protesta, de denuncia y de propaganda sino que construye soluciones, hace la cohesión social y crea procesos reales de solidaridad
[33]. Y, fuera de esta tradición reformista, el sindicato se arriesga a desnaturalizar su razón de ser esencial. El reformismo, en esta acepción, no es una ideología, una pertenencia política, una doctrina sino una praxis social, siempre abierta a la verificación y experimentación. El sindicato reformista es el sindicato de la acción concreta que traduce siempre su crítica en acción propositiva y constructiva, sin quedar nunca prisionero de abstractos esquemas ideológicos. De esta inspiración y de esta praxis tenemos, hoy, una extrema necesidad, porque es el único modo de afrontar los desafíos de nuestro tiempo.
DECIMOCUARTO

Es en ese sentido que hablamos, hoy, de ´resindicalización´ para volvernos a relacionar con el gran filón histórico del sindicalismo italiano, a su matriz pragmática y reformista. Lo que no significa, en absoluto, asumir una línea moderada, acomodaticia y subalterna; lo que no representa que ignoremos los elementos objetivos del conflicto social que están en la complejidad y diversidad de los intereses presentes en la sociedad. Lo que se quiere decir es que nuestros objetivos tienen que estar escritos en términos contractuales y reivindicativos: esta es la esencia del trabajo del sindicato en la sociedad y su capacidad de traducción, poniendo a prueba todas las construcciones teóricas en lo más vivo del proceso social
[34]. Al contrario, un sindicato politizado (que antepone la pureza de los principios a la verificación de la realidad) acaba perdiendo su propia fuerza porque se aleja de su terreno específico y deja abierta su función de representación social. Por otra parte, no faltan ejemplos en la historia que demuestran esta tesis, esta relación entre ideologización y declive, entre dogmatismo e impotencia sindical. La historia de la Cgil, a pesar de los vínculos tan estrechos que ha tenido con la izquierda política (y que hoy es posible superar de manera definitiva) es una historia sindical condicionada por la política, pero que nunca ha estado alineada a imperativos ideológicos. Ha llegado el momento de hacer valer plenamente nuestra tradición de la autonomía sindical, la función irreducible del sindicato como sujeto de representación. DECIMOQUINTO

Sobre estos temas nos parece útil e inaplazable una verificación interna. En estos años han pasado muchas cosas: demasiados nudos no se han descordado y muchos asuntos políticos conviven en la Cgil sin haberse sometido seriamente a discusión. Este documento es sólo una contribución a esta verificación, sin cerrazón preventiva de ninguna clase, sin lógicas ´de corriente´, y con la convicción de que es necesaria, por parte de todos, la disponibilidad de poner a discusión y generar una nueva fase del debate, con espíritu abierto y sin verdades prefabricadas. Este debate no se refiere solamente a nosotros, dirigentes y cuadros de la Cgil, sino que mira a todo el movimiento sindical y se refiere también, en términos más generales, al destino del país. Para situar adecuadamente nuestra discusión hay que mirar hacia un horizonte mucho más amplio. Porque la función histórica de la Cgil es la de promover el crecimiento civil y democrático del país, activando para este fin una amplia alianza social
[35]. De manera que discutir sobre nosotros mismos significa hablar de una acción sindical que se mide con los problemas de la sociedad italiana.
(30 luglio 2003)

A.Amoretti, L.Aprile, R.Bacconi, T.Bellanova, G.Billi, W.Bontempo, S.Borgatti, G.Caruana, S.Casabona, E.Castellano, R.Cavaterra, E.Combattente, M.Comi, G.Coppelli, V.Cucini, G.Cuccitto, G.Di Natale, S.Esposito, F.Fedeli, A.Ferrari, T.Ferretti, G.Festa, V.Galli,F. Giuffrida, M.Giugliano, T.Granato, G.Gregori, P.Lobello, A.Luraghi, U.Marciasini, A.Megale, A.Milani, C.Minniti, A.Panico, A.Panzeri, F.Parenti, C.Parietti, M.Pellegrino, B.Perin, P.Pessa, F.Porcu, F.Rampi, G.Roilo, F.Santambrogi, N.Sigismondi, G.Silvano, G.Soricaro, M.Tarallo, Riccardo Terzi, F.Tuccio

ACLARACION DE JOSE LUIS LOPEZ BULLA

Si el lector estudia atentamente este manifiesto, no tardará en darse cuenta de su importancia. Como primer elemento aclarativo, señalo que uno de los abajofirmantes es un viejo conocido de los dirigentes sindicales catalanes, Riccardo Terzi, durante algunos años primer espada de la Cgil lombarda; la segunda cosa es que la traducción de este papel se explica porque sus reflexiones ponen al descubierto asuntos de no poca utilidad para la acción organizada del sindicalismo confederal español; y, por último, ni entro ni salgo en las ´intencionalidades internas´ (si es que las hay) de este grupo, ni tampoco en la conveniencia o no de dicho documento en las (actuales y fatigosas) vicisitudes del sindicalismo confederal italiano. Las notas que vienen a continuación tienen, por mi parte, estas intenciones: reforzar los momentos de acuerdo con los firmantes, manifestar los contrastes que puedan existir y la aclaración de algunas cosas que, tal vez entre nosotros, no sean excesivamente conocidas.

[*] Traducción y Notas finales de José Luis López Bulla
[1] La tesis de ese papel es que el sindicalismo italiano se encuentra en una nueva fase porque, de un lado, el cuadro político ha cambiado sensiblemente, y, de otra parte, la economía fordista ha dado paso al estadio de lo que los firmantes denominan ´capitalismo molecular´. De ahí que se proponga algo tan significativo como esto: ya no valen los golpes de timón tácticos sino una opción estratégica de largo respiro. Y, como se verá a lo largo de este documento, la
cofradía de firmantes propone cambios en los contenidos de las plataformas reivindicativas y la estructura de los procesos negociales, la reforma del Estado de bienestar y su descentralización, una nueva naturaleza de los grupos dirigentes y una distinta composición de los institutos de control del sindicato.
Naturalmente, si el paradigma ha cambiado (como creo que es el caso) atinan estas amistades en la fuerte propuesta de que ya no vale el giro táctico sino que se precisa ordenar gradualmente un tránsito sindical de ´largo respiro´. Pero lo cierto es que se tiene la impresión de que no existen indicios de que se esté estructurando la transición sindical que reclaman Riccardo Terzi y sus compañeros. Dígase con claridad: la pesada herencia (con sus gangas y limitaciones) que dejamos los dirigentes de mi generación sigue vivita y coleando, manteniéndose lo que podríamos denominar la escolástica fordista, es decir, el conjunto de miradas, razonamientos y prácticas del sindicalismo confederal. A lo sumo (y ya ello representa un paso adelante) la literatura oficial habla de innovación, aunque la literatura real no acompaña debidamente a la anterior. Entiendo por literatura oficial la que está definida en los materiales congresuales; la literatura real es la que se expresa, primero, en las plataformas y, después, en los acuerdos firmados. Habrá que diferenciar la literatura reivindicativa (que es de exclusiva responsabilidad del sujeto social) de la literatura negociada, que afecta a los dos agentes contractuales, esto es, sindicato y empresarios.

[2] Dos elementos de consideración aparecen en este parágrafo: uno, el sindicalismo no está convenientemente ubicado en el mundo de la globalización; dos, no existen estructuras realmente eficaces. O lo que es lo mismo: lo primero condiciona fuertemente lo segundo. Pero hay algo más, la empresa (consciente o inconscientemente) asume esta internacionalización interdependiente, mientras que el sindicalismo aparece todavía como sujeto autárquico en su personalidad y prácticas, así en sus peticiones contractuales como en sus planteamientos con relación al Estado de bienestar (el welfare, que dicen nuestros amigos italianos). En la medida que esa asimetría se mantenga (globalizada una, autárquica el otro) la acción colectiva del movimiento organizado de los trabajadores no expresará las utilidades que se le exigen. Lo que tendrá, todavía más, serias repercusiones (negativas) en la mejora de la condición de trabajo y vida del conjunto asalariado. Por otra parte, supongo que en tanto no se resuelva la falta de cultura y práctica globales del sindicalismo –esto es, mientras no salga definitivamente de la escolástica fordista-- no habrá reforma organizativa que sea capaz de dotar al sujeto social de unas estructuras idóneas, ´simétricas´ con la nueva realidad que no ha hecho más que empezar y que ya no tiene vuelta atrás.

[3] Así lo creo yo también. Por eso es realmente fastidioso que se recuerde más la polémica en torno a la conveniencia de paro general de dos horas o de un cuarto de hora que recorrió el sindicalismo confederal español que la movilización en los centros de trabajo. Y como siempre los argumentos (o algunos de ellos) parecían orientarse al siguiente simplismo: vale más la duración de la huelga que la generalización de la misma. Y, de igual manera, me sigue pareciendo obsceno que una parte de los argumentos de los partidarios de tal o cual forma de convocatoria estuvieran más en clave de intereses de pertenencia que de acción colectiva contra la guerra.

[4] Hecho a faltar por parte del sindicalismo confederal una reflexión en torno a la reforma de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Por ejemplo, este documento de nuestros amigos italianos hubiera podido avanzar algunas pinceladas al respecto.

[5] Por ejemplo: no ha quedado claro si el movimiento sindical europeo ha puesto en marcha una efectiva solidaridad con las huelgas bolivianas del mes de octubre de 2003. Seguramente los órganos dirigentes de la CES y de cada sindicato nacional han dirigido cartas tradicionales a los trabajadores bolivianos; pero no se ha hecho explícito movimiento alguno que traduzca la emoción particular de cada trabajador cuando veía las imágenes televisivas en acción de apoyo a tales movilizaciones.

[6] En el ranking del Foro Económico Mundial (año 2003)de las economías más competitivas, Italia no figura entre los veintitrés países de cabecera, el último de éstos es España. Precisamente cuando ha aparecido esta información (noviembre de 2003) el presidente del Consejo Intertextil Español declara en la reunión celebrada en Barcelona que para mantener la competitividad de la empresa hay que deslocalizarla hacia otros países. No parecen palabras improvisadas pues ya el año pasado, en la Feria de Muestras de Valencia, el mismo dirigente empresarial dijo tres cuartos de lo mismo. De donde es fácil sacar una primera (y madura) conclusión: ejecutivos influyentes no apuestan por la innovación tecnológica, sino por el desmantelamiento de industrias y llevárselas con la música a otra parte.

[7] En relación a la crítica de los ´impulsos individualistas´ ¿no sería conveniente una seria meditación en torno a la relación entre lo individual y lo colectivo? Lo digo porque creo que un sindicato con un fuerte carácter incluyente no puede seguir marginando este asunto. No basta la justa condena de la individualización de las relaciones laborales, es preciso avanzar nuevas propuestas.
En ese sentido, parece que el sindicalismo confederal debería reflexionar acerca de estas cuestiones. La reciente aparición del nuevo libro de Ulrich Beck (en esta ocasión con Elisabeth Beck-Gernsheim) La individualización (Piadós, Estado y Sociedad) podría abrir el apetito. Se trata de un autor muy interesante al que debería leerse tan atenta como críticamente.

[8] En efecto, dice bien el documento: ´la autonomía del sindicato basa su fundamento en la función de la representación social, que tiene su propia dinámica, no coincidente con los tiempos y formas de la política´. La cosa es bien sencilla: los intereses del conjunto asalariado (esto es, el objeto de la representación) tienen un nexo común y unitario, cuya naturaleza es social. Mientras que los intereses de la política disponen de un vínculo de naturaleza política que ´separa´ a los representados. Así pues, el nexo social une; el vínculo político separa. A partir de esta consideración se estructura todo el logos de la independencia de proyecto y autonomía de las normas de los sujetos sociales y políticos. Obviamente los tiempos de la acción reivindicativa y social están en función de las conveniencias propias y, de ahí, que no puedan ser subalternos de nadie.

[9] Este es un redactado que me produce algunas complicaciones. La música suena bien, pero el libreto no acompaña en la parte final, adecuadamente, la melodía. Veamos ¿la sociedad civil no debe orientarse hacia un bloque político determinado? ¿Por qué? Otra cosa, bien distinta, son los agentes sociales y los movimientos que, en todo momento, deben ser plenamente independientes y autónomos de cada ´bloque contrapuesto´, y cortar definitivamente todo colateralismo (como dicen los firmantes) con los mentores y padrinos, si es que los tienen. Porque si la sociedad civil, en tanto que ella misma, no se alinea políticamente ¿de qué manera se expresan las relaciones de fuerza y poder institucionales? En otro orden de cosas, sería importante reflexionar sobre la (necesaria) independencia de los sujetos sociales y su (no deseada) indiferencia. Pero ya es un avance lo que se dice en este documento al respecto: ´se mide en ese terreno con la acción de gobierno y con las fuerzas políticas, valorando las diversas líneas programáticas según el método de la representación del mundo del trabajo´, tal como se dice en el tercer parágrafo del capítulo 3 de este documento. De igual manera es sumamente clarificador lo que más adelante se formula como autonomía sindical que no equivale, dice, a ´agnosticismo político´. Lo que viene a demostrar que existen algunos contrastes dentro de este manifiesto. Pero, de ninguna de las maneras, estas desconexiones le quitan importancia y altura de miras.

[10] Y también el carácter democrático y participativo de los sujetos sociales, especialmente del sindicato por la relación que existe entre autonomía y democracia.
Una aclaración: los sindicalistas españoles hemos usado la expresión ´independencia sindical´ en vez de autonomía, que es el concepto que manejan nuestros cofrades italianos. Mantengo lo que he dicho en otras ocasiones: la independencia es un concepto más atinado, ya que se refiere al carácter del sujeto; la autonomía (si nos atenemos a su etimología) expresaría sus normas propias, su auto-nomos. Y se convendrá con un servidor que podría darse el caso de que una organización no fuera independiente y tuviera su auto-nomía, esto es, sus propias normas de funcionamiento.

[11] Estimados abajofirmantes: los estudiosos del sindicalismo italiano necesitamos saber si la autonomía y representación son objetivos a ´reconquistar´ porque se han perdido o diluido en los últimos tiempos o en función de los cambios y mutaciones del trabajo y de las relaciones sociales o por ambas cuestiones. Esta aclaración podría ser de utilidad para el sindicalismo español.

[12] Empezando por el centro de trabajo. Como no quiero insistir en este momento sobre la controvertida relación entre el venerable anciano (el comité de empresa) y el sindicato, remito a quien le interese el asunto a mi correspondencia con Antonio Baylos sobre el modelo de representación, publicado en Revista de Derecho Social, número 22, de octubre de 2003.

[13] ¿Qué quiere decir esta frase? Seguramente las prisas que han tenido los redactores del manifiesto (que se puede observar en las repeticiones lingüísticas y el descuidado hipérbaton de su sintaxis, que han traído de cabeza al traductor) conducen a esta frase que es una medio verdad. Cierto, el sindicalismo se nutre de la observación de la realidad y de los comportamientos de la práctica. Pero no veo la razón para enervar la teoría; desde luego, una teoría sustentada en la práctica real y cómo desbloquearla. Lo que se dice como homenaje a un buen cofrade, nuestro amigo san Antonio Gramsci que dejó dicho algo en torno a la praxis. Mis observaciones al defectuoso redactado original no pretenden corregirle la plana a intelectuales del prestigio de nuestro Riccardo Terzi, un hombre que siempre ha sido muy pulcro a la hora de escribir. Lo que quiero decir es lo siguiente: yo puedo opinar, sin saber poner huevos, acerca de la calidad de los productos de algunas gallinas, especialmente cuando tengo que freírlos y comerlos después ¡figuraros si encima tengo invitados en casa! Pero no importa: recuerdo que en cierta ocasión al magnífico Alfredo Kraus se le escapó un gallo cantando Marina, del maestro Arrieta, en el teatro Campoamor de Gijón; yo oí aquel desafine arrellanado en la butaca de mi casa, viendo la televisión al igual que miles de telespectadores.

[14] De las lecturas que he hecho de la gramática de diversos dirigentes de la Cgil se desprende algo más de fondo, esto es, que en la Csil se está desarrollando un cambio de metabolismo en dos direcciones: a) un sindicato de servicios y b) monopolizar las relaciones con el gobierno, mediante acuerdos más propios de la práctica neocorporativa que del acervo común del sindicalismo confederal italiano. La pregunta que me hago es: ¿dónde se ha puesto más énfasis? ¿en la paciente tarea de evitar la deriva cislina, si es que es así la cosa? ¿o en azuzarles a que sigan por la senda corporativa para que la Cgil aparezca como el único garante de sindicato de clase? Como diría nuestro Jorge Manrique: recuerde el seso dormido... Es decir, recuerden nuestros cofrades italianos que se esfuerzan en empujar a los demás a la impureza la labor paciente de di Vittorio, cuando la ruptura de la Cgil en los años cuarenta, frente al estupor y el nerviosismo de los jóvenes Lama y Trentin. Lo explica Lama en todas las ocasiones que se refieren a las cuestiones unitarias.

[15] En honor a la verdad (y sin contradecir lo que se dice en el manifiesto en este punto) vale la pena recordar que, también, otras organizaciones sindicales hicieron de su capa un sayo con actos unilaterales de firmas de convenios colectivos por separado. O lo que es lo mismo: sería injusto que el lector español pensara que el monopolio de los ´descuelgues´ es cosa de la Cgil. En todo caso, hacen bien nuestros cofrades italianos en poner el acento en esta cuestión porque representa una discontinuidad en los comportamientos históricos de la Cgil. Pero a cada cual, lo suyo...

[16] ¿De qué naturaleza sería ese nuevo proyecto? Sería bueno que se nos aclarara.

[17] El mismo Sergio Cofferati (al igual que el maestro Bruno Trentin) tomaron una posición pública netamente contraria a la celebración de este referéndum. No se olvide que uno y otro fueron los anteriores secretarios generales de la Cgil. Aprovecho para recordar que, cuando las batallas berlinguerianas contra el recorte de la escala móvil, Luciano Lama, siendo primer espada del sindicato, se mostró muy contrariado por la posición del partido comunista italiano que impulsó el referéndum.

[18] Pregunto: ¿nace de ese equívoco el referéndum? Yo tengo, desde la lejanía de los acontecimientos, otro punto de vista. El referéndum nace porque: a) Fausto Bertinotti piensa que es una ocasión de oro para estar en el centro de la lucha política y de esta manera intenta descolocar a los DS; b) porque en estos últimos hay una considerable corriente de opinión cristalizada que, con o sin Bertinotti, hubiera hecho lo mismo; b) y, finalmente, en todo ese embrollo, la Cgil no supo pensar adecuadamente con su cabeza.

[19] La RSU (representanza sindacale unitaria) es el organismo de representación en el centro de trabajo; lo conforman tras los resultados de periódicas consultas electorales que, salvadas las diferencias, recuerdan las de nuestros comités de empresa.

[20] Por supuesto, pero hay que introducir nuevas variables en esta cuestión. Quiero decir lo siguiente: determinadas reivindicaciones (por ejemplo, las que afectan a minorías sensibles) deberían regirse por unas normas de otro tipo. Llamo minorías sensibles a determinados colectivos que nunca alcanzarán la mayoría del conjunto asalariado en el centro de trabajo: minusválidos, jóvenes... No parece que la insistente conminación a que las plataformas y los contenidos negociados contengan cláusulas de discriminación positiva o simplemente atiendan tal condición tengan un buen acomodo. De manera que no basta el llamamiento, son precisas normas internas.

[21] Mejor decir lo siguiente: también estas normas deben tener validez propia, en el interior de cada organización.

[22] El lector español no debe confundir a Antonio d’Amato, presidente de los empresarios italianos, con Giuliano Amato, que fuera presidente del gobierno y, hoy, dirigente de l’Ulivo.

[23] En todos los sitios, al parecer, se cuecen las mismas habas. En resumen, es en los procesos de la negociación colectiva donde se observa el carácter conservador de sus firmantes. Es allí donde se mantiene en formol la escolástica fordista.

[24] Una parte de la izquierda española tiene la tendencia a minusvalorar los efectos del envejecimiento de la población en los sistemas públicos de protección. No obstante, nos encontramos ante una situación que sería de lo más estúpido ignorarla. Según el Informe 2002, Las personas mayores en España, elaborado por el Instituto de Migraciones y Estudios Sociales, el crecimiento medio anual de la población de edad ha sido siempre superior a la del conjunto de la población y en los últimos años se ha incrementado. Si ha principios del siglo XX ese aumento registraba una media anual del 1,6%, en las últimas décadas ese valor se cifra en el 3,7%. España es el quinto país en la Unión Europea con población más envejecida, solo adelantada por estados de mayor peso demográfico: Alemania, Italia, Francia y Reino Unido. Las previsiones de Naciones Unidas (atención sólo son eso, previsiones) revelan que un 37,6% de los españoles tendrán más de 65 años en el 2050, siendo el 13,4% octogenarios. Seguro que un servidor no estará para contarlo...

[25] Lo que no está ocurriendo. El Congreso de la CES, celebrado en Praga la pasada primavera, desaprovechó una oportunidad de oro para elaborar una propuesta de reforma de los sistemas públicos de protección social en la Unión Europea. No es exagerado afirmar que la sintaxis congresual, al menos en ese aspecto, es una letanía de tópicos, frases hechas y vulgaridades. Lo más llamativo de esta situación es que cada sindicato nacional está inmerso en los retales de reformas que sus gobiernos ponen encima de la mesa, de un lado; y, de otra parte, frente a una coordinación (explicitada o no de cada gobierno) cada sindicato va por su lado, así en las propuestas como en las movilizaciones de respuesta o negociación, es decir, en planteamientos separados entre sí y sin ninguno hilo conductor entre ellas.

[26] De hecho se puede decir que la arquitectura organizativa del sindicalismo confederal español mantiene la escolástica fordista de hace treinta años. Existe otro problema: por lo general los diseños organizativos se han visto, por lo general, como variable independiente del proyecto sindical, casi siempre concebido al margen de la ´cuestión programática´. Así pues, el entramado organizativo no ha cambiado en esta fase de pasaje del sistema de gran industria a lo que en este documento se define (acertadamente) como ´capitalismo molecular´.

[27] Con reglas claras, sabiendo lo que le corresponda a cada cual; regulando qué materias negociales corresponden a unos y a otros; estipulando, si es preciso, qué contenidos son sólo (y sólamente) de cada estructura y cuáles pueden ser compartidas y de qué manera.

[28] Esta es una batalla ardua porque las grandes organizaciones no tienen una tendencia a la autorrenovación sino a lo contrario. Tal vez uno de los grandes giros fuera el que intentó en su día el Papa Roncalli, pero a la larga vino el tío Paco con las rebajas. Y, mucho más cerca de nosotros, parecen estar a la vista algunos movimientos de retrovisión. Al parecer, en los textos confederales de cara al próximo congreso, se pretende volver a los tiempos de mandatos sin límite alguno. Se trata, sin duda, de una admiración exagerada por parte de estos retro-reformistas por la antigua constitución de la Serenissima de Venecia que elegía al primer mandatario, el Dogo, hasta que se fuera a la tierra de la verdad, frente a los florentinos que, cada dos por tres, elegían a sus representantes. Me juego lo que sea a que nadie pondrá el grito en el cielo, porque esta retro-reforma favorece objetivamente la condición personal de cada dirigente. Es decir, contradiciendo los aforismos de las cajetillas de tabaco: ese movimiento no perjudica gravemente la salud personal de cada sindicalista.

[29] Hace tiempo que le estoy dando vueltas a la siguiente idea: si la soberanía popular está en el pueblo ¿dónde está la ´soberanía sindical´? Está claro que por analogía podríamos llegar a la siguiente conclusión: si la soberanía popular reside, como queda dicho, en el pueblo, la ´soberanía sindical´ estaría en el conjunto de los afiliados. Más todavía, si la soberanía popular no radica en el Parlamento, tampoco (así las cosas) estaría en los Congresos sindicales ni mucho menos en los órganos dirigentes. La pregunta es: una vez que hemos caído en la cuenta de que, en el sindicato, existe esa laguna -–la ausencia del concepto de ´soberanía´ (con un nombre posiblemente más adecuado)-- ¿por qué no meditar sobre ello?

[30] ¿Tan sólo las diversidades de tipo político? Francamente, me parece de una pobretería intelectual superlativa. Lo es porque este reduccionismo implica un reparto por zonas de influencia de naturaleza política-partidaria que, inevitablemente, se traduce en una lottizzazione en el interior del sindicato: no sólo entre unas y otras organizaciones sino también en relación a las diversas corrientes (estructuradas o no)
de cada partido. Me hubiera parecido más apropiado que se hiciera, en primer lugar, una referencia a las diversidades sociales y categoriales, territoriales y de otro tipo. Pues son, con mucho, más reales que las de carácter político-ideológico.

[31] Muy interesante. Hasta donde yo conozco, es la primera vez que se propone una cosa de este calado. Ahora caigo en la cuenta que en nuestro país nunca hicimos una discusión sobre tan serio asunto... al menos en mis tiempos.

[32] De acuerdo. Ahora bien, ¿dónde están las preocupaciones de los sindicalistas por adquirir más conocimientos científicos y técnicos? Por supuesto, las sesiones de estudio que organizan los gabinetes de formación sindical podrían ser unos primeros elementos. Pero, es sabido que por lo general se dirigen hacia los neófitos. Me imagino que se ha superado aquellos talantes de antaño, que se caracterizaban porque el sindicalista, cuando llega a determinadas responsabilidades, se cree poseedor de algo así como una ciencia infusa.

[33] Dos consideraciones previas: a) todo indica que los abajofirmantes se orientan a una definición programática del sindicato como sujeto reformista; b) sin embargo, a lo largo de este documento la definición de ese carácter se hace ´en negativo´, que adquiere su tonalidad argumental más evidente en el punto decimocuarto de este documento. Desde luego, esta definición ´negativa´ puede ser corregida y en el necesario debate al respecto harían bien en superar los rasgos de tan limitada formulación. El problema, no obstante, es otro.
Inicialmente la expresión ´reformismo´ fue por lo general una idea que estaba vinculada a una de las expresiones del movimiento obrero como contraposición al carácter revolucionario (y rupturista con el sistema social imperante, el capitalismo) de otras componentes políticas o sindicales. En todo caso, la voz ´reformismo´ no era monopolio de organizaciones socialdemócratas u obreras, pues algunos (pocos) partidos burgueses no tuvieron empacho en declararse de esta manera. El problema de nuestros tiempos es que las organizaciones políticas mayoritarias con mucha frecuencia emplea tal término como equivalente a posiciones centristas, dejando de lado la antigua tradición de amplios sectores socialdemócratas. Hoy día no es infrecuente (más bien, es una expresión cotidiana) de partidos como el de José María Aznar, como en su día lo fuera el nombre que, para toda España, pusiera en marcha Miquel Roca i Junyent. Incluso Silvio Berlusconi no le hace ascos a tan venerable vocablo. Se diría, pues, que casi todo el mundo (más allá de colores de babor y estribor) la emplean indisimuladamente. La confusión parece cantada. Hasta tal punto que no me resisto a contar un sucedido. En una sesión parlamentaria, en mi época de diputado catalán, dije más o menos lo siguiente: “Desde mis concepciones reformistas, soy de la opinión que...” Al final de la sesión se me acercó un joven diputado de Convergència i Unió que, estupefacto, me dijo que no sabía que un servidor era partidario de Miquel Roca. Tuve que explicarle, ante el bochorno de su correligionario, el conseller Fernández Teixidó, que el reformismo es una de las tradiciones del movimiento socialista y sindical. De ahí que me parezca que tal formulación (sindicato reformista) produzca más equívocos en la comunicación que ventajas. Posiblemente esta fue una razón que llevó a Bruno Trentin a decir en el Congreso de Cgil (celebrado en Rimini: yo asistí como representante de CC.OO.) que no le gustaba la expresión sindicato reformista y que prefería utilizar el concepto de soggetto riformatore. A un servidor le pasa tres cuartos de lo mismo. De manera que mis prevenciones no vienen de que esta palabra ha tenido tan injusta como mala fama en amplios sectores de la izquierda comunista y socialista en España sino de los equívocos que tiene en la actualidad.

[34] Cierto: la teoría colocada en lo más vivo de los procesos sociales. Aquí, la pluma de los abajofirmantes estuvo más acertada que lo expuesto a final del capítulo cuarto.

[35] Creo oportuno introducir algunos recordatorios para navegantes españoles. Primero, nada que objetar a esta formulación que también es útil en nuestro caso; segundo, debemos sacar conclusiones de algunas cuestiones que ocurrieron en un momento que trajo algunas complicaciones al sindicalismo de nuestro país: las movilizaciones contra la reciente guerra de Iraq. En esta ocasión los sindicatos formaron parte de una vasta unidad social de masas, de una amplia ´alianza´ social. Pero algunas componentes sindicales entendieron que el sindicato era algo así como un realquilado en aquellas movilizaciones, como un doméstico del formidable magma movimientista que luchó contra la guerra. No planteo que el sindicato tenga una posición determinante en estos o parecidos asuntos. Simplemente sostengo la opinión de que son necesarios unos comportamientos claros, previamente fijados, acerca del papel y las responsabilidades de cada cual en ese formar parte de la ´alianza social´. O lo que es lo mismo: ni prepotencia sindical ni subalternidad sindical. A mi juicio, la desgraciada polémica sobre la huelga de dos horas, de un lado, y el planteamiento oportunista, de otra parte, de quienes se dejaron arrastrar fue lamentable. En suma, más allá del error táctico de las dos horas, lo realmente desacertado fue la confusión de roles entre el sindicato y la red de movimientos sociales.



Año 2000